Sobre la blanca hoja van apareciendo letras, palabras, frases y verdaderos pensamientos. Parece que mágicamente los trazos surjen dejando fijas nuestras ideas, nuestros sentimientos. La pluma o el lápiz simplemente recorren la superficie y así nace todo.
Lo que nunca había pensado es que el instrumento toca, presiona e incluso rasga el soporte, con fuerza como pretendiendo hendirlo, atravesarlo. Mirándolo así creo que es la misma sangre del papel la que aflora mostrando lo que en ella es encuentra oculto. La pluma o incluso el lápiz es una suerte de varita que arranca del folio sus más secretos sentires. No es un ejercicio innocuo -no es inocente escribir- es un una expresión sufrida, que llora y se desgarra cuando con fuerza pretendemos que la blanca pieza de papel nos cuente lo que oculta.
Se escribe con sangre que sale de la propia vena. Comunicando nuestra alma por medio de esa piel suave y fina de pulpa de árbol sangrante, donde a penas podemos distinguir las lágrimas propias de las ajenas.Escribir no es un ejercicio inocente, es sacar del mismo alma lo que más duele, lo que es más dulce, lo que nos aterra y conmueve. Escribir no es un ejercicio inocente, son las almas dolidas quien con la pluma extraen la sangre directamente de su epidermis. Para hacerlo hay que llorar puesto que no es un acto libre de pecado o resentimiento.
Y aquí está mi pluma que en el color que sea está dispuesta a defender mis ideas, mi sangre, piel y propia alma. Por que se que la inocencia ya no me acompaña, y en las venas corre el catalizador del dolor, la tristeza y las alegrías que la vida me ha dado, así que arremeter contra mi escrito es chocar contra el muro de mi epidermis que endurecida ya envuelve el cuerpo de músculos y huesos que controlan las estocadas dejadas en el pergamino de cualquier lector. Ya que quien lee siempre es escrito por el autor. Así se quiera o no. Es mi pluma mi arma y mi propio ser mi escudo.